12 05 2008
Dedico este post a Andrei.
No escribiré que este post pretende ser nada, el arranque de nada, el fin de nada, el clímax de nada. Esta es sólo una autojustificación a una de las tantas veces que he tratado de retomar un blogueo más o menos serio.
¿Por qué dedico este post a Andrei?, porque Andrei fue a un taller con Yépez en Oaxaca, durante el Encuentro de escritores, y luego, al regresar, nos vimos para ir a la presentación de Musofobia y en el carro mientras conducía por Eje Central, me narró con palabras frescas, como de pasto recién cortado, su experiencia talleril, que yo podría tratar de resumir (aunque nunca en un afán reduccionista) como una reflexión de sí mismo en la escritura, lo que me llenó de emoción por muchas circunstancias.
La presentación fue interesantísima. Una copiosa audiencia y en el panel de presentación Chimal, Fadanelli, Martín Solares y el autor, Jorge Harmodio. En ceremonias así, puedo sentir cierta familiaridad pero es tal vez muy poca, por lo que me siento generalmente fuera de lugar y me permito ver transcurrir el momento como quien acude a un número escenificado en el que todo participante sabe de antemano qué es lo ahí hace: comenta al autor en el panel, vende libros, fue un compañero de taller, ofrece tequila, o es algún editor, un auténtico fan bloguero, un posible intelectual en ciernes, o un desprevenido que cayó por ahí porque le gusta salir los viernes. No se puede escapar a momentos protocolarios, así que el guión es, de antemano, descifrable. Cada quien ha preparado sus diálogos y participa en el momento indicado. El plus: cada uno de los participantes es un personaje muy distinto el uno del otro, y particular en sí mismo. Uno fue solemne, jugó bien y habló dueño de sí mismo, con hojas impresas y una intervención bien planeada, con revelaciones moderadas de su cercanía al autor, con comentarios críticos, osados, jugetones como piquetes, que ampliaron el marco del evento y revelaron su inscripción en una dinámica de un mundo mayor con un debate vigente en el que él es uno de sus autorizados jugadores. Otro fue el personaje rebelde, malo, seductor, el chico irreverente preparado con un número de hojas impresas que usaba más como guión para hacer alarde de algunas simpatías personales y humor. Desfachatado, hace de pronto una señal con el dedo a una chica que parece adiestrada a sus guiños y no duda ni tres segundos en salir del lugar para traerle a la mesa una cerveza. El tercero fue desgarbado, con notas dispersas en tarjetas seguramente de segundo uso, a pluma, garabateadas, con una voz tan rápida que parece que la persigue alguien, dislocada, que da vueltas, con bromas con y sin éxito, por aquí por allá, por acullá. Por su parte, el autor, misterioso, al centro, estuvo serio y atento todo el tiempo a las palabras de sus colegas, a quienes se nota que admira, aprecia y conoce de manera cercana: son Colegas, precisamente. Contento, el autor, miraba siempre al frente por encima de la gente, como si estuviera en el mar, viendo al horizonte. La presentación es un éxito. En sí, el evento entero, es disfrutable, entretiene y place.
Compré el libro sin dudar. Y luego Andrei le hizo una confidencia al autor sobre mí y él dedicó mi ejemplar haciendo referencia a ese secreto. Abrí el libro y me sorprendí. Andrei había descubierto algo que para mí era una verdad que a mí misma no me había dicho. Así, él replicó la recomendación que Yepez le hiciera durante su taller de ensayo en Oaxaca, y que más o menos parafraseo del recuento de Andrei mientras caminábamos, a esas alturas ya por la Condesa: Reconocer, aceptar, es lo primero. Así di con un miedo: Escribir. Aunque es cierto que no sé sus causas.
Una vez tuve un blog bien alimentado, ya no está en línea pero lo tengo archivado. Lo he abierto, y lo he vuelto a leer. Quiero recuperar la disciplina que con él tenía entonces, y más allá, porque en realidad creo que soy muy indisciplinada, la sed de hacer la cotidianeidad escriturable. Ése, es el paraíso perdido al que he querido regresar, varias veces: Algo pasa, cruzo la calle, oigo una conversación, sucede algo; mi cabeza entonces empieza a ponerlo todo en palabras para blog, a narrármelo a mí misma de manera expedita, a hacerlo literaturable. Así, escribir se convierte en el ejercicio de expulsión de ese engendro. Me cuento. Por otra parte, es justo ése aspecto deíctico al que no quiero regresar: EscribirME, estar yo AHÍ, hacer de mi blog, un espacio público, algo muy personal. Hacer lo personal muy público. Mi vida un showcase.
Sin embargo, la presentación de Jorge Harmodio cobró sentido de forma particular para mí y hacia este miedo, no sólo por su dedicatoria, sino porque esta experiencia del ser uno mismo en su escritura de manera más o menos explícita le es común a Harmodio en Musofobia. Personaje/Narrador/Escritor tienen vínculos evidentes e inevitables. Para algunos, los Colegas, uno remite al otro. Y ahí está, él en el papel, frente a otros, expuesto así, de algún modo ser y no ser él mismo.
Por mi parte, no es que este sencillo (o complejo) hecho disipe mis dudas. No, no. No tengo de hecho certeza alguna de si puedan resolverse. Aquí siguen: ¿Por qué escribir aquí? Por qué un archivo de Word en el disco duro de mi computadora no tiene el mismo efecto y publico en la red. ¿Por qué bloguear? Por qué mi escritura no puede dejar de ser personal. ¿Para quién escribo?
EscribirME es un acto de reconocimiento doble: Ser para mí y Ser en el Otro: estar en red. LeerME y poder ser leída. Honneth en palabras de Santiago, el ser se realiza también en una esfera de reconocimiento intersubjetivo. ReconocerSE no sólo es un acto personal sino un proceso de REconocimiento por Otro. Bloguear inaugura y mantiene latente la posibilidad de inscribirse uno mismo más allá del campo personal que supone guardar las palabras en un archivo de Word, y presionar el botón para publicar tiene un efecto emocional que de otro modo quedaría pendiente. Se satisface la necesidad de inscribirse a uno mismo en un proceso colectivo mayor.
Entender este asunto es ir más allá de creer que ”la loca vida moderna” nos orilla a hacer de nuestras vidas un producto consumible, un mercadeo de identidades. Esto no tiene que ser falso, pero no es exclusivo. Bloguear es un acto satisfactorio a múltiples niveles.
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Categorías : Bloguífera
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